Miedo

Y tengo sueño. A veces quisiera ser de esas personas que se acuerdan de todo para mantener una bitácora de  lo que les pasa. Pienso que debiera ser un hábito, que para variar, yo no tengo.

Hay otros hábitos que si tengo, y que debo admitir, son adquiridos. Lo interesante es que no sé si la adquisición fue a la fuerza, o voluntaria. Por ejemplo, el hábito de tener sueño, todo el tiempo, todo el día, todos los días.

Por que hay veces que no tengo sueño, pero quisiera tenerlo. Mas bien, sueños, en plural. Claro que tengo sueños, hay cosas que quiero hacer, solo que no hay tiempo. Aunque el tiempo que si hay, siempre se contamina con mi sueño, en donde si hay sueños.

Volteo y me llega a la mente una frase que no debí haber leído, o escuchado. Creo que la escuché en el radio, de las pocas veces que pongo atención. Le doy  vueltas a esta frase, con tal de encontrarle un hueco, una falla, algo que la haga menos verdad. Pero no hay tal, no hay forma.

“¿Y tú qué harías, si no tuvieras miedo?”. Una y mil vueltas, y me pongo a pensar, qué no haría. Cuántas cosas hay alla afuera, cuyo único requisito, el precio mínimo, es no tener miedo.

Quisiera, por ejemplo, un día levantarme con ganas de hacer algo. Mas bien, despertar y saber que el día será  algo nuevo, no una borrosa repetición de los últimos meses. Ahora recapacito y me doy cuenta que gracias a Dios escribí “los últimos meses” y no “los últimos años”. Consuelo de tontos, de tontos con miedo.

Y ahora estoy viendo lo que yo haría si no tuviera miedo. Por otro lado, sería bueno  que la otra persona no tuviera miedo tampoco. Pienso, que lo peor no sería que ella tuviera miedo, sino que tuvíera flojera, antipatía, negatividad, o qué sé yo. Por que el miedo significaría que tiene ganas de hacer las cosas, las mismas cosas que yo, pero que no puede. Y luego, el no tener miedo significa entonces que no quiere.

Y no quiere hacer nada conmigo, o con nadie. Que peor manera de desperdiciar la vida que no querer hacer nada. Peor que quererlo hacer y tener miedo. O no ya sé  qué es peor, si optar por la bendición de la ignorancia, o saberse mas allá de las necesidades. Yo no lo necesito, no lo quiero, no lo pienso.

Pero es que la veo, y me pregunto, ¿cómo no quererlo? y saber qué piensa, qué oye, qué siente, qué hace… conversaciones banales de las cuales he estado huyendo los últimos meses, y ahora que lo pienso, que bueno que no escribí “los últimos años”.

Carajo, carajo, carajo, pero que derroche de miedo, de hormonas, de la tonta necesidad humana de compartir, ser compartido, de querer querer a alguien. Y ella escribe en la computadora, ¿qué piensa? ¿qué hace? ¿qué siente?.

Y los sentimientos, lo que ella esta sintiendo en este momento, me matan de la curiosidad. Pero es una necesidad plana, llana. No quiero saber qué siente de la vida, el amor, la muerte y todos los demás temas profundos. Yo quiero saber qué está sintiendo en este momento, entender que sienten sus manos al tocar las hojas de papel, lo que siente su cuerpo en cada respiración, su piel al rozar con su ropa. ¿Estará cansada, desvelada, tiene hambre? ¿De donde viene, en donde vive, cómo se llama?

¿De qué se rie? Algo le contaron por teléfono, y muero de ganas de saber qué. Y si sonríe, quisiera saber cuánto tiempo dura su sonrisa, cómo sabe ella la duración exacta, ni un milisegundo mas, que debe sonreir. Saber respirar, saber moverse, saber hablar. ¿cómo decide que palabras utilizar, el tono de la voz, el volumen, rapidez, dirección?

Y nunca falta el idiota que se interpone entre mi sueño, mis sueños, y yo. Estoy convencido de que hay una persona en este mundo con el peor sentido de la oportunidad, y soy yo.

Finalmente, el idiota se quita de enmedio y puedo verla otra vez. Cabello recogido, fleco generoso que llega hasta la barbilla. Piel blanca, cara delgada, nariz pequeña. Una blusa naranja debajo de un suéter amarillo canario, con las mangas recogidas hasta los hombros.

“Un amigo está en una obra en la UNAM, se estrena el 2 de junio”. Tiene una voz bastante mas grave de lo que su cuerpo delgado parece sugerir. Se rie, pero no fuerte, solo sonríe. Me encanta que su fleco hasta la barbilla le cubre los ojos. Solo puedo ver la nariz y su sonrisa. Se recoje el fleco de vez en cuando y puedo ver el rostro completo, por unos segundos, antes de que el cabello caiga nuevamente.

Escribe por teléfono a algún remitente desconocido. ¿Quién será? ¿Qué le escribió, qué palabras, qué mensaje? ¿Cuántas veces se equivocó al usar el teclado del teléfono?

Me mata de la curiosidad, no sé por qué. Acaso se parece a alguien de mi pasado, a alguien del futuro, o simplemente estoy cansado de no aprender. Estoy cansado de saber siempre lo mismo, hablar siempre de lo mismo, sentir lo mismo. Ir a los mismos lugares, misma gente, mismos tiempos, mismo todo.

Y a veces creo que soy el único que se ha dado cuenta. El resto de la gente a mi alrededor, o no siente lo mismo, o no lo expresa, o no lo sabe. Sin embargo, siempre existe la posibilidad de que la expresión “lo mismo” tenga un significado “distinto” para cada quién. Siempre existe la posibilidad, de que sea yo, el raro, el diferente, el contreras, que nunca está a gusto.

Y las etiquetas sobran. Sobran y bastan, dirían algunos, o diría yo, en otro momento. Por que ahora, no hay nada que baste, nada que me sobre.

Ella se levanta y puedo verla completa, de pie, mientras guarda sus cosas, mientras se va caminando. Antes se puso de acuerdo con sus amigas, que hasta este momento han sido invisibles, y quedan que verse posteriormente “allá”. ¿A dónde va, por qué parten por separado? Y veo que se va caminando, voltea un par de veces y se aleja. Me encanta la idea de que jamás la voy a volver a ver. Jamás nos encontraremos, nunca hablaremos, las preguntas se quedarán sin respuesta.

Sin saberlo, sin una ligera sospecha, el día de hoy ella queda en un escrito de alguien sentado a dos mesas de distancia, sin hacer ruido, sin molestarla. A veces me gustaría ser de las personas que se acuerdan de todo, para mantener una bitácora, un registro de que hoy existí. Mi memoria no es tan buena, ni el tiempo es suficiente, pero hoy, es misión cumplida.

Definitivamente escribir lo que siento, como hoy, es unas de las cosas que haría si no tuviera miedo.

Otro yo

Un día cualquiera, en un lugar cualquiera. Solo basta con parar mis pensamientos por un momento para escuchar a mi alrededor, para así, descubrir (o confirmar) que en realidad, no he cambiado mucho.

Ai am mister Pancho

Algunos le llamaron globalización. Otros mezcla cultural. Lo cierto es que nuestro país dejó su idioma por el español, y ahora lo más común es intercalar palabras en inglés. ¿Se puede lograr una identidad como país cuando vivimos copiando lo extranjero?

Memorias

No me gustan las fotos, por que, la mayoría de las veces, cuando tomo una foto viene a mi mente que inevitablemente, es un recuerdo que próximamente voy a anhelar.

No me gustan las fotos, por que tampoco me gusta como salgo en ellas. La cámara me odia, dicen.

No me gustan las fotos, por que en retrospectiva, esos momentos no regresarán.

Finalmente, no me gustan las fotos, por que, los momentos tristes me entristecen. Y los momentos felices, me entristecen también.

Hay casos, y cosas

cosos

En el ir y venir de los días, siempre uno se las arregla para encontrar la monotonía. Está en la naturaleza humana, algunos dírian. Sin embargo, siempre hay momentos, casos, y algunas cosas, en las que el mundo cambia, osea, me hacen sonreir.